¡Aprenda a decir que no!

¡Aprenda a decir que no!

Las personas que sacrifican su tiempo y ponen los intereses de los demás siempre delante de los personales, no reciben amor y admiración a cambio. ¡Al contrario, serán explotados por su entorno!

Siempre hay alguien que sale perdiendo y por lo general suele ser el que no sabe decir que no. Hay más personas con ese problema de lo que uno podría pensar. Un ejemplo típico es Mariana, una educadora de párvulos, que está pendiente de todos y nunca rechaza hacer favores, y a causa de ello todos se aprovechan y abusan de ella. Cuanto más hace para los demás, más la exigen y esperan de ella.

En su entorno ya casi toman por descontado que ella siempre se ocupe de todo y de todos. No sólo cuida de los niños encomendados a su responsabilidad, sino también atiende a los problemas y preocupaciones de los padres. Ella es la encargada de comprar juguetes baratos, encontrar pisos económicos y organizar todo tipo de excursiones. Mariana sustituye a los colegas cuando tienen que ir al médico o a hacer recados y se encarga también de buscar los disfraces de carnaval para los niños.

En su tiempo libre Mariana no sólo hace de niñera, sino también preside la asociación protectora de animales y es miembro de numerosas otras organizaciones. Además se sacrifica por cuidar de su madre enferma, sin que esta la muestre su gratitud y encima demande cada vez más atención.

El anhelo de amor y reconocimiento

Personas como Mariana no sólo no se niegan a hacer todo lo que se les pide, sino que además buscan y atraen todo tipo de tareas, aunque suponga grandes esfuerzos personales y en realidad les falte el tiempo necesario para cumplir con ellas. No pueden evitar ser así. Es fácil descubrir el por qué de ese comportamiento, estas personas están motivadas por el deseo de ser amadas y sentirse útiles.

“Si digo que no, no valgo nada”, ese es el concepto que tienen de sí mismos y que está profundamente arraigado a su personalidad. A pesar de su deseo de pasar un fin de semana tranquilo, se dejan instrumentalizar, aceptan cuidar de los niños de las amigas o de hacer horas extraordinarias, para que una colega pueda salir con su novio.

Aunque la mayoría no son conscientes de ello y quizás tampoco quieran oírlo, su problema es un complejo de inferioridad. A través de sus actividades y tareas adicionales son capaces de sentirse apreciados y valiosos y así compensan la insuficiencia que sienten dentro de sí mismos. Al principio la mayoría consigue su propósito, pues su entorno les estima, les considera competentes, admira su eficacia y su capacidad de rendimiento y por esos motivos les alaba frecuentemente.

Pero antes o después descubren que con el tiempo la ayuda que prestan, los favores que hacen y todos sus esfuerzos, ya no son agradecidos, sino que su entorno los toma por descontado y cada vez les exige más. Entonces comienzan a sentirse explotados y se enfadan consigo mismos, pero no son capaces de hacer algo al respecto. En primer lugar temen perder su popularidad si cambian su comportamiento y tampoco quieren defraudar las expectativas que ellos mismos han creado. Al final consiguen exactamente lo contrario de lo que deseaban, pues en vez de ser admirados y amados, nadie los toma ya en serio.

Así la madre, así la hija

Los psicólogos creen que las causas para la incapacidad de decir no, en su mayoría se encuentran en la infancia. Si los padres siempre dicen que sí, los hijos después harán lo mismo. Aunque enseñen a sus hijos a no decir a todo que sí, no tendrá ningún efecto, si ellos no lo demuestran a través de su propio comportamiento. Una madre que se sacrifica a todas horas por sus hijos y su marido, es sin duda el ideal de muchas personas, pero no es un buen ejemplo de autoestima y confianza. Si la madre no sabe decir que no, ni tiene la suficiente seguridad en sí misma para rechazar ciertas tareas, la hija tendrá los mismos problemas en su día.

En la mayoría de los casos se trata de mujeres, ya que ellas son más propensas a dejarse dominar por la presión social que los varones y, por lo tanto, les es más difícil decir que no. A causa de ello llevan una vida física y mentalmente agobiante y angustiosa. Pero tampoco los hombres son completamente inmunes a esta manera de ser, como podemos ver en el ejemplo de Eduardo. En su vecindario tenía la reputación de ser una persona agradable y servicial, un hecho que le complacía. Siempre estaba dispuesto a ayudar a quien le necesitara para, por ejemplo, transportar muebles, o reparar algún coche.

Cuando Eduardo se cambiaba de puesto de trabajo, quería ganarse a toda costa el afecto de sus colegas. Para conseguirlo hacía los trabajos más desagradables y si era necesario hacía voluntariamente todos los recados. En su tiempo libre incluso hacía favores al jefe, o llevaba en su coche a algún colega a una cita, conformándose siempre con las más pequeñas muestras de gratitud.

Después de algún tiempo todos ya le consideraban el chofer de la empresa, y además le sobrecargaban de trabajo. Todos los proyectos más duros y difíciles acababan sobre su mesa, con las palabras: ¿a usted seguro qué no le importa, verdad? Eduardo se había convertido en el esclavo de sus colegas, y a pesar de que esa situación le hacía sufrir, seguía sin poder decir que no. Así pasó lo que tenía que pasar, sufrió una depresión y cayó gravemente enfermo.

 Decir siempre que sí, puede causar trastornos

Las consecuencias para la salud de una situación como la de Eduardo pueden ser nefastas. La incapacidad de distanciarse y marcar sus límites crea un constante conflicto interior que a largo plazo puede causar gran sufrimiento. Algunos de los resultados pueden ser fatiga crónica, síntomas psicosomáticos como dolor de cabeza o dolor de espalda, depresión y disfunción sexual.

Lo que motiva a ciertas personas a sacrificarse por los demás y a poner las necesidades ajenas por delante de las propias es, entre otras cosas, el miedo a la soledad y el temor a ser abandonadas o rechazadas por sus seres queridos y sus próximos. El que no aprenda a marcar sus límites, no será capaz de distinguir entre las propias responsabilidades y las ajenas. De modo que abrirá el camino al tipo de personas que son propicias a abusar de sus poderes y que suelen oprimir a los demás.

Pero no hay que desanimarse, pues es posible aprender a decir que no. Primero trate de descubrir en que situaciones le es imposible negar su ayuda. Intente averiguar en qué círculo de personas es más probable que rechace una tarea o que muestre que no está dispuesto a hacer un favor. ¿Suele ser con el jefe y los colegas en la oficina o más bien en el hogar, con la familia y amigos? Pregúntese por qué le resulta tan difícil decir que no a ciertas personas o en ciertas situaciones.

Cuando haya sido capaz de encontrar respuestas para estas preguntas, podrá comenzar con el proceso de re-educación. Le resultará más fácil si es consciente de que la persona a la que se dirige, le quiere y estima – o que en realidad su opinión no le interesa o le da igual.

¡Practique a decir que no!

Comience sus prácticas con personas extrañas, como por ejemplo una dependienta. Diga en voz alta y claramente “no”, cuando le pregunte si desea algo más. No deje que su expresión, tal vez sorprendida, le desconcierte, sino disfrute de su pequeño éxito.

Imagine ahora una situación conflictiva con un amigo o colega, y piense como mejor responder, si esa persona le pide un favor en un momento inoportuno. Cuando se dé el caso en la vida real estará bien preparado y podrá articular su punto de vista con claridad y de manera asertiva. ¡Mírele a los ojos, hable con firmeza y no admita discusiones!

Tendrá que soportar que al principio alguno u otro quizás se sorprenda o incluso se enfade. En poco tiempo, sin embargo, la situación se normalizará, las personas en su entorno se acostumbrarán y aceptarán que no pueden disponer de usted a cada momento y siempre que les venga bien. Mejorará notablemente su autoestima y se sentirá seguro de sí mismo, lo que le proporcionará más energía y vitalidad.

Si estos ejercicios de re-educación personal no le ayudan a progresar, podría ser que el miedo a decir que no, esté profundamente arraigado a su carácter y su manera de ser. En ese caso sería recomendable buscar ayuda profesional. A veces una cuantas sesiones con un terapeuta, pueden ser suficientes para deshacerse del problema.

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